Alejandro Gómez / / 21 de septiembre del 2021

Reflexiones sobre el bicentenario

Foto cortesía de Manuel Asturias

El 15 de septiembre de este año se celebraron los 200 años de la independencia de Guatemala. Como siempre, estas fechas «redondas» son motivo para reflexionar sobre el significado del acontecimiento y cómo este nos interpela en el presente. En esta columna haré referencia a los antecedentes de la emancipación y qué alcances tiene esta de cara a la actualidad.

El significado del término Guatemala hace 200 años y hoy

En primer lugar, creo que vale la pena aclarar qué representaba el término Guatemala en aquella época y qué significa hoy. Al momento de declararse la independencia, Guatemala era toda Centroamérica. La denominación legal era la de Audiencia de Guatemala, aunque por lo general se la conoce como Capitanía General de Guatemala o Reino de Guatemala. La Audiencia formaba parte del Virreinato de Nueva España, aunque, al ser una Audiencia Mayor, reportaba directamente al Consejo de Indias. Esta cuestión, que parece una formalidad, no es un tema menor; ya que a lo largo del tiempo siempre hubo disputas por la jurisdicción y la influencia de Nueva España en el territorio de Guatemala.

El cambio es producto de transformaciones políticas e ideológicas que tienen lugar tanto a nivel local como internacional.

En segundo lugar, este mismo debate también se planteó hacia adentro de la Capitanía General, ya que, al estar su capital primero en la Antigua y luego en la ciudad de Santiago de Guatemala, siempre generó disputas entre las autoridades de Guatemala y el resto de sus jurisdicciones, las cuales hoy representan los países de la región: Nicaragua, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Belice y Panamá —aunque este último quedaría bajo la jurisdicción del Virreinato de Nueva Granada—.

Antecedentes de la independencia

Como todo proceso histórico-político, la efeméride que nos convoca tiene una serie de antecedentes. Por lo general, se suele tomar la fecha en cuestión —por ejemplo, el 14 de julio en Francia o 4 de julio en Estados Unidos— como el día en que los patriotas se despertaron y decidieron llevar a cabo una revolución o declarar la independencia. Sin embargo, en realidad, ese acontecimiento suele ser la culminación de un proceso que se venía gestando desde bastante antes. Esas condiciones previas, de descontento o de la aparición de nuevas ideas, suelen tomar su tiempo hasta hacer eclosión en un momento determinado. Por lo general, el cambio es producto de transformaciones políticas e ideológicas que tienen lugar tanto a nivel local como internacional.

Los antecedentes de la independencia de Guatemala los encontramos a finales del siglo XVIII, cuando las nuevas ideas de la Ilustración comienzan a permear en las élites sociopolíticas del continente. A la luz de lo que había sucedido en Estados Unidos y Francia, muchos de los españoles americanos empezaron a cuestionar la legitimidad del dominio real en estas tierras. En los salones literarios, los cafés y las tertulias, se comienzan a discutir autores —en ese momento prohibidos— que planteaban una alternativa al statu quo.

Los antecedentes de la independencia de Guatemala los encontramos a finales del siglo XVIII, cuando las nuevas ideas de la Ilustración comienzan a permear en las élites sociopolíticas del continente.

Adicionalmente, debemos tener presentes las consecuencias no esperadas de las reformas borbónicas que se venían implementando desde mediados del siglo XVIII, las cuales generaron descontento en las élites locales, ya que con su implementación veían amenazados sus intereses —privilegios— políticos y económicos. De este modo, se fue gestando una sensación de hartazgo que se iría profundizando a la espera de un acontecimiento detonante para que se pasara del descontento a la acción.

En este sentido podemos mencionar dos sucesos que fueron claves en este proceso. El primero de ellos fue la invasión de Napoleón a España en 1808, la cual causó un cimbronazo no solo en la península, sino en todo el continente americano. El llamado a Cortes Generales, en ausencia del rey prisionero, contribuyó a que las ideas que se venían planteando desde inicios del siglo se pudieran exponer más abiertamente por parte de los representantes de las colonias, lo cual hizo que, desde el norte de Nueva España hasta el sur del Virreinato del Río de la Plata, se produjeran movimientos emancipatorios que, desde 1810 hasta 1825, irían consolidando la independencia de todas las colonias españolas con excepción de Cuba, que recién lo lograría en 1898.

El «trienio liberal»

El segundo hecho también tiene lugar en España, con el inicio del llamado «trienio liberal» de 1820-1823, el cual volvió a impulsar a los patriotas en aquellas regiones donde todavía no se había declarado la independencia, como era el caso de Nueva España. En este sentido, Guatemala, ante la amenaza de invasión de México, decidió declarar su independencia el 15 de septiembre de 1821.

Como se observa, el proceso que culmina con la emancipación no fue algo que sucedió de un día para el otro, ni es producto exclusivo de factores endógenos. Por otra parte, la propia declaración implica una transición de un período a otro, pero de ninguna manera significa que, por el solo hecho de haberse realizado la declaración, las condiciones de los habitantes de la región se hubieran modificado o mejorado sustancialmente, más bien podríamos decir que sucedió lo contrario. De hecho, para el caso de Centroamérica, la declaración de independencia fue un acto incruento que se volvería violento con el transcurrir de los años hasta terminar por fragmentar su territorio en varios países independientes.

El yugo español

Para finalizar, querría recordar lo que sostuvo uno de los pensadores liberales más eminentes del continente americano, Juan Bautista Alberdi, quien, al reflexionar sobre la independencia de Argentina, sostuvo que la declaración de esta en 1816 solo tuvo como resultado liberar a los habitantes del yugo español; pero que todavía, treinta años después —al momento de escribir esas líneas—, no habían podido sacarse de encima el yugo de los políticos locales. Esas palabras escritas a mediados del siglo XIX, de alguna manera, siguen vigentes tanto para los argentinos como para el resto de los ciudadanos de Hispanoamérica.

En el caso de Centroamérica, la declaración de independencia fue un acto incruento que se volvería violento con el transcurrir de los años hasta terminar por fragmentar su territorio en varios países independientes.

Como decía Alberdi, hemos logrado la independencia exterior y de la dominación extranjera; pero seguimos careciendo de la independencia interior, ya que continuamos sometidos a la voluntad de los Gobiernos de turno. Así pues, no tiene mucho sentido celebrar la independencia exterior si no logramos, de una vez por todas, consolidar la independencia interior que significa poder gozar de todas las libertades individuales. Para ello, deberíamos seguir haciendo hincapié en la importancia de las ideas. Fueron las ideas las que sembraron las condiciones para el cambio en la época colonial, y del mismo modo deberían ser las ideas de la libertad las que creen las condiciones necesarias para el cambio en el presente.

Como sostiene Friedrich Hayek en sus Fundamentos de la libertad, los principios liberales pueden ser sostenidos en el tiempo cuando un alto porcentaje de la población comparte esos valores.

AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor. Las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la UFM.

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Alejandro Gómez

Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella, Master of Arts de la University of Chicago y Profesor de Historia de la Universidad de Belgrano en Argentina. Profesor visitante en la UFM.

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