La hora de las élites


El pasado nueve de febrero, el presidente Nayib Bukele invadió la cámara legislativa de El Salvador. La razón que ha motivado la invasión militar del centro legislativo es la lentitud con la que el Congreso ha gestionado la aprobación de un crédito de 109 millones de dólares americanos con objeto de desarrollar la Fase III del Plan de Control Territorial. Dicho plan está dirigido a mejorar la situación de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado —la Policía Nacional Civil y el Ejército— con objeto de enfrentar de forma más efectiva a las bandas criminales que asolan el país. 

Algunos podemos llegar a entender el hartazgo del presidente, resultado de la lentitud en el proceso de tramitación de un crédito que para muchos es “esencial”. Dicho esto, debemos señalar que la manera en la que Bukele ha gestionado el problema ha sido, cuando menos, desafortunada y problemática. Y es que, definitivamente y a todas luces, el presidente del convulso país centroamericano se ha excedido en sus funciones, apostando por el camino más peligroso y liberticida. 

Amenazar al Congreso de la República y promover implícitamente la concentración y centralización del poder político en el organismo ejecutivo no es precisamente ejemplo de virtud republicana. Tampoco ayuda a la calidad democrática. Nada bueno puede salir de lo anterior, más aún en una democracia liberal tan debilitada y desprestigiada como la salvadoreña. 

Nayib Bukele ha demostrado el populismo de su identidad y su carácter. Nadie niega su carisma y su capacidad de liderazgo. Ambas son características básicas de todo líder populista, sea este de izquierdas o de derechas. Además, la narrativa que ha logrado edificar a lo largo del tiempo fusiona a su persona con el pueblo salvadoreño al que dice representar. Él, y no otro, es la expresión de ese pueblo. Él, y no otro, es el único capaz de vencer la corrupción y la ineficiencia que dificulta la vida en el interior del país. Sus acciones —y concretamente la que motiva este artículo— han contribuido a polarizar a una sociedad ya de por sí plagada de problemas. No podemos obviar que, sin querer o queriendo, Nayib Bukele encaja perfectamente en el modelo populista, y cuando el río suena, agua lleva. Si Bukele desea mantener el prestigio y la sana notoriedad de la que disfrutó tanto dentro como fuera del país, debe parar este pulso que está manteniendo con el poder legislativo y respetar la división de poderes. 

Nayib Bukele ha demostrado el populismo de su identidad y su carácter.

Bukele desea mantener el prestigio y la sana notoriedad de la que disfrutó tanto dentro como fuera del país, debe parar este pulso que está manteniendo con el poder legislativo y respetar la división de poderes. 

Pero Bukele no navega ni actúa en el vacío. Lo ocurrido el pasado domingo pone de manifiesto el problema de las élites políticas salvadoreñas. Unas élites que durante décadas han fracaso a la hora de generar un entorno social favorable para la generación de negocios y la atracción de inversión extranjera directa. Esto, el fracaso de las élites, es lo que explica el meteórico ascenso de Nayib Bukele al poder. El populismo no es el inicio; el populismo es el final del camino. El triunfo de un líder populista es la mayor evidencia del fracaso institucional y del naufragio de una democracia. Pero, afortunadamente, en el caso salvadoreño todavía estamos a tiempo de resolver el problema. Si se quiere frenar el amago populista —y autoritario— del joven presidente, las élites tienen que asumir su responsabilidad con el país y con la estabilidad institucional. 

Si se quiere frenar el amago populista —y autoritario— del joven presidente, las élites tienen que asumir su responsabilidad con el país y con la estabilidad institucional. 

En esa jugada y paradójicamente, tanto las élites del partido de derechas, ARENA, y del partido de izquierda, el famoso Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, tienen que aliarse. Aliarse con un objetivo único: defender la débil institucionalidad de El Salvador y la democracia republicana que han logrado construir durante estos años. Solo así sobrevivirán las libertades civiles que tanto esfuerzo costaron.  

Pero, además de esta batalla, las élites deben asumir sus fracasos y pedir perdón a la sociedad salvadoreña. Reconocer los errores es fundamental, y es innegable que las élites salvadoreñas a un lado y otro del espectro ideológico han cometido muchos. Es necesario dar ejemplo con humildad; es imperativo que se acabe la polarización y la fragmentación social de este maravilloso país centroamericano. Solo así se podrá rescatar la arquitectura institucional vigente sin generar nuevas alteraciones sociales que empeoren la situación. 


Por Eduardo Fernández Luiña
11 de febrero del 2020


AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor, las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la Universidad Francisco Marroquín.


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