Privilegios para todos o para ninguno


El debate central entre izquierda y derecha gira en torno a la importancia que se le da a la desigualdad en la economía. La izquierda suele verla como un problema fundamentalmente injusto que se debe solucionar a través de la redistribución de la riqueza y otras intervenciones del Estado para corregir los males del mercado. Por otro lado, la derecha no prioriza la desigualdad como problema fundamental, pues no se trata de cómo está distribuido el pastel, sino de qué tan grande es. 

Sin duda, el debate de la desigualdad es importante. Ayuda a moldear gran parte del carácter ideológico de algunos centros de estudio y de millones de personas en el mundo. Mi argumento es el siguiente: si unos tienen derecho a monopolios y oligopolios, los otros tienen derecho a protecciones laborales —y otro tipo de medidas redistributivas—. De lo contrario, es difícil establecer un equilibrio y la desigualdad puede desatar violencia. La mejor opción es que ni unos ni otros tengan privilegios, sino que se maneje de forma libre. Sin embargo, en ausencia de libertad, lo adecuado es que se proteja a todos, no solo a algunos.

Las mayorías —sobre todo las clases trabajadoras— tienden a preferir la redistribución de riqueza para compensar debilidades o riesgos de mercado. La gente suele pedir más protecciones porque la economía no genera la confianza necesaria para encontrar refugio y alternativas ante una debacle. Dichas protecciones toman forma de prestaciones, vacaciones, horario o aumento del salario mínimo. 

La gente suele pedir más protecciones porque la economía no genera la confianza necesaria para encontrar refugio y alternativas ante una debacle.

El problema es que estas debilidades y riesgos de mercado no se producen de forma orgánica. Más bien, son producto de la protección estatal y la distorsión general en el sistema. En estos contextos, las empresas monopólicas pocos incentivos tienen para competir de forma libre y proveer condiciones adecuadas para los trabajadores, básicamente porque ellas mismas son la única alternativa —esto en extrema abstracción de la realidad—. En Guatemala, pareciera que a la riqueza se accede solo a través de privilegios, no de creatividad o capacidad.

En Guatemala, pareciera que a la riqueza se accede solo a través de privilegios, no de creatividad o capacidad.

Las mayorías pueden tener enraizado en su sistema de creencias que la riqueza acumulada es justa porque cualquiera, en cualquier momento, puede dar ese gran salto hacia el bienestar pleno. Sin embargo, la distorsión y la protección estatal construyen un muro económico de acceso a ese estrato de riqueza. Los pequeños emprendedores tienen baja probabilidad de ascender a esa escala socioeconómica. Esto provoca un cambio en el sistema de creencias que motiva a la mayoría a procurar la redistribución de diferentes formas, precisamente porque no consideran justa la forma de obtener riqueza.

El problema de la desigualdad, entonces, aparece en un escenario difícil. Tal vez no se pide redistribución por el hecho de que unos tengan más que otros, sino por la manera en la que se obtiene esa riqueza. Los grandes monopolios están perfectamente protegidos por el Estado, pero los trabajadores se sienten desamparados y privados de riqueza. Las soluciones clásicas de mercado o Estado no parecieran estar fundadas en la realidad latinoamericana de concesiones y privilegios. Por lo tanto, tanto la izquierda como la derecha deben llegar a un consenso en este aspecto crucial: la eliminación de privilegios.


Por Edgar Gutiérrez Aiza
13 de febrero del 2020


AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor, las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la Universidad Francisco Marroquín.


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