¿Cuál es la verdadera mafia en el futbol?


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Categorías: incentivos, Información


Olav Dirkmaat

Director del Centro para el Análisis de las Decisiones Públicas (CADEP) y profesor de economía en la Escuela de Negocios de la UFM. Tiene un doctorado y un máster en Economía de la Escuela Austriaca de la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid.

Se anunció la Superliga y parece que hubiera caído una bomba. Nunca, en tan poco tiempo —48 horas—, hubo tanta (des)información, declaraciones contradictorias y arrepentimientos maniacodepresivos. ¿Qué está pasando y por qué me opongo a la Superliga?

Dos visiones sobre la Superliga

La Superliga es un nuevo torneo propuesto por 12 clubs “fundadores”, suplementado por otros clubs que año a año estarían “invitados” a participar. Este torneo, en la mente de estos clubs, reemplazaría a la Champions League de la UEFA. A esto se le puede sumar que garantizaría mayores ingresos para los clubs fundadores y que no exista la necesidad de calificarse para el torneo; además, no hay relegaciones, no hay promociones: serán los 12 más los invitados, prácticamente, siempre.

Existen dos visiones sobre el asunto. La primera plantea que la UEFA y la FIFA son entes que gozan de un monopolio natural y que son corruptas. Por lo tanto, es necesario una competencia que puede retar la posición dominante del statu quo. Ahora bien, la visión opuesta es que la Superliga sea solo una extensión de un lobby interno dentro de la UEFA, por parte de un grupo selectivo de clubs grandes, para un reparto del dinero cada vez peor y más desigual entre estos. 

Por años, un grupo selectivo de presidentes de clubs grandes ha hecho lobby para conseguir privilegios —puestos garantizados en la Champions, una fase de grupos anteriormente inexistente, fórmulas que favorecen y fortalecen los clubs grandes, entre otros—. Esto se da, aparente, no solo en las ligas europeas, sino también en las ligas nacionales: por ejemplo, la liga española se ha vuelto una hegemonía entre Real Madrid y FC Barcelona, una hegemonía que es de reciente creación.

A continuación, voy a explicar cómo funciona la UEFA como organización, por qué esto no se trata de corrupción, de dónde viene el lobby para una Superliga y por qué hay que oponerse ante esta iniciativa.

La gobernanza en el futbol moderno

Aunque la FIFA funciona de forma muy similar —pero a nivel mundial—, por el momento, limitémonos a la UEFA. Esta es una asociación sin ánimo de lucro. Las federaciones miembros —que representan ligas nacionales— voluntariamente deciden ser parte del colectivo.

Cualquier miembro tiene la obligación de cumplir las reglas establecidas por la UEFA —por ejemplo, cualquier disputa entre clubs se resuelve en el Tribunal de Arbitraje para el Deporte, CAS por sus siglas en inglés, en Suiza— y, además, ejercer su voto en el Congreso de la UEFA.

Hoy por hoy, existen 55 miembros. La última federación en unirse a la UEFA es la Federación de Kósovo. El Comité Ejecutivo y el presidente son electos por las federaciones, y, prácticamente, todas las decisiones las toman las federaciones con el principio “un miembro, un voto”.

Corrupción en el sistema de gobernanza de futbol

Aunque haya recibido varias acusaciones, la UEFA ha tenido sorpresivamente pocos casos de corrupción. De hecho, si es que se da corrupción, sería por parte de los clubs grandes hacia las federaciones pequeñas, no tanto internamente en la UEFA. Si uno logra sobornar a un representante de una federación pequeña de un país típicamente poco transparente, podría “comprar un voto” en el Congreso de la UEFA. Esto no es muy diferente de la táctica “comprar al diputado”. Sin embargo, el equivalente de los diputados serían las federaciones, no la UEFA en sí.

Desde luego, existe otro tipo de corrupción, que es más externa que interna a la gobernanza del futbol, en la forma de match fixing. Este consiste en sobornar clubs, jugadores o árbitros para ganar fortunas en apuestas fraudulentas.

Por último, puede haber corrupción en la asignación de torneos internacionales entre países, como la Eurocopa —tal como la Copa Mundial—. En este caso, ha habido flagrantes casos de federaciones de países, como Qatar, que sobornan a federaciones típicamente pequeñas —las africanas, por ejemplo— para que voten a favor de su candidatura. 

Incluso la típica corrupción que existe dentro de organizaciones sin ánimo de lucro como la UEFA y la FIFA, tal cual como cualquier otro tipo de asociación, es limitada. Esta corrupción consiste en que los directores expropian ingresos y lujos personales exorbitantes a costa de las federaciones.

El presidente actual de la UEFA, Aleksander Ceferin, gana $1.6 millones antes de impuestos, más o menos $800 000 después de impuestos. Esto es menos que su antecesor, Michel Platini. No obstante, Ceferin gana más o menos lo mismo que Infantino, el presidente de la FIFA. Estos montos no son fuera de los rangos normales para estas posiciones; muchos directores de diferentes ONG ganan más dinero, pretendiendo mejorar el mundo, y no sufren la presión de reelección por un conjunto de federaciones exigentes.

El contexto histórico de la Superliga

La Superliga, así voy a argumentar, es el colmo de una tendencia que ha existido prácticamente desde la creación de la UEFA Champions League en 1992, cuando reemplazó a la Copa de Europa I. Este cambio surge a raíz de presiones por parte de los clubs más grandes en el momento. En concreto, justo en aquel tiempo, se estrena la fase de grupos —con el objetivo de maximizar partidos y, por tanto, ingresos— con distintos participantes de la misma liga —con el objetivo de acoplar más a los equipos grandes de países como Italia, Inglaterra y España en el torneo—. Recordemos que la idea original de la Copa de Europa era dejar competir únicamente a los campeones de las ligas europeas por el premio.

En este caso, la queja de Ronald Koeman es extraña. Dijo lo siguiente: «La UEFA habla mucho, pero no hace nada ni escucha. Ni escucha a los entrenadores ni a los jugadores. No nos escuchan sobre la cantidad de partidos que jugamos». En realidad, el aumento en el número de partidos tiene su origen en las federaciones y en los propios clubs que forman esas federaciones. Por consiguiente, esta queja debería ir dirigida a las federaciones y a los propios clubs, quienes votan dentro de la UEFA sobre el número de torneos, la configuración de torneos y, por tanto, el número de partidos.

Típicamente, los técnicos se quejan del número de partidos. Los dueños y los directores sabiamente escogen el silencio, mientras detrás de las cortinas votan por más partidos y más ingresos —porque más partidos equivale a más ingresos—.

A partir de ello, la tendencia ha ido de mal en peor. Año tras año, los equipos de las ligas más grandes amenazaron a la UEFA —y a las federaciones más pequeñas en el Congreso de la UEFA— de abandonar el torneo o de crear un propio torneo únicamente entre los grandes equipos si no cumplieran sus deseos. También se ha amenazado con abandonar la federación nacional —ejemplo de ello es esta noticia de 2017: «El Real Madrid amenaza con abandonar la Liga Española»—.

Los clubs “grandes” no siempre van a ser grandes, ni las ligas grandes siempre van a ser grandes

Aquí he de mencionar algo importante: las grandes ligas no siempre han sido grandes y las pequeñas no siempre han sido pequeñas. De igual manera, los clubs grandes no siempre han sido grandes; ni los pequeños, pequeños. 

La liga alemana fue una burla hace tiempos no tan lejanos; la rusa tuvo su auge —y su deterioro—; mientras la liga neerlandesa fue de dominante a perdedora —fue por algo que Pep Guardiola se preguntó por qué Ajax no estaba contemplado en la Superliga a pesar de haber ganado 4 veces la Champions—. La liga italiana tenía una enorme popularidad, especialmente en los años 80 y 90, por la presencia de estrellas como Maradona, Baresi y Van Basten y luego Sneijder, Kaká y Shevchenko. No obstante, debido al futbol aburrido y los problemas económicos, empezó a dejar mucho que desear —e Italia perdió su prominencia después del 2010—. 

Nottingham Forest, Sampdoria y Marsella estaban entre los grandes equipos en un pasado no tan lejano, mientras que, recientemente, hemos visto el surgimiento de equipos como Leicester City, Leipzig, Atalanta e incluso París SG —el equipo francés no había ganado ninguna Ligue 1 entre 1994 y 2012, por casi 18 años— y Atlético de Madrid —este estaba en la segunda división en el 2000—. 

En muchos casos, estas tendencias existen por factores externos: subidas o reducciones de impuestos, el manejo financiero de los clubs, el crecimiento económico y urbano, la violencia y muchos otros más. Sin embargo, la idea de que podemos sacar una foto en el tiempo y decir “estos son los grandes” es francamente ridícula; además, el hecho de que no haya ningún mecanismo de promoción/relegación, pero sí una garantía de participación para un grupo selecto de clubs elegidos con base en criterios muy cuestionables es aún más tragicómica.

Cada vez más poder y dinero para los equipos grandes en la Champions League

Yo siempre doy el siguiente ejemplo porque es el que mejor conozco: en el 2004/2005, mi equipo, PSV Eindhoven, llegó a las semifinales de la Champions. Por un gol fuera de casa, fue eliminado por AC Milano, pero eso no importa. Lo que importa es que recibió únicamente 20 millones de euros del torneo.

Trece años después, Ajax, otro equipo holandés, llega hasta las mismas semifinales de la Champions y recibe 80 millones de euros del torneo. Sin embargo, el FC Barcelona también llega y es eliminado en las semifinales —contra Liverpool—, pero gana casi 120 millones de euros. Estos montos son los pagos por parte de la UEFA hacia los clubs, pero no contemplan la venta de boletos en el estadio y otros ingresos secundarios.

¿Cómo puede ser que entre dos equipos con prácticamente el mismo desempeño —semifinales de la Champions— uno obtenga 80 millones y otro reciba casi 120 millones —50 % más—?

Así llegamos a los privilegios que han logrado Florentino & Cía. a lo largo de los años. Antes, todos los clubs recibían dinero por participar y llegar a la Champions. Además, todos los clubs recibían dinero por partidos ganados —fase de grupo— y por eliminatoria. Ahora bien, esto no ha cambiado. Un club recibe 14.5 millones por participar y puede ganar realísticamente entre 0 y unos 16 millones por los partidos que gane en el grupo. Luego, si pasa la fase de grupos, 9.5 millones; cuartos de final, 10.5 millones; semifinales, 12.5 millones, y final, 15 millones. El ganador de la final se lleva otros 4 millones.

No obstante, hay otros dos ingresos: el de coeficientes y el market pool. Ambos existen bajo presión de los clubs y ligas grandes para justificar mayores ingresos. Para enfatizar, esto no es por corrupción, ni por monopolio de la UEFA.

Esto se da porque los grandes han amenazado durante años a los pequeños para conseguir privilegios. Esos privilegios hacen que las diferencias entre los clubs grandes —potenciales ganadores de la Champions— y el resto sea cada vez mayor; por lo cual, la propia Champions y otras ligas —como la española— son cada vez más aburridas, predecibles y monótonas.

¿Cómo funcionan el market pool y el pago por coeficiente?

El ingreso por coeficiente por club es un sistema complejo de punteos que trata de remunerar a clubs que han tenido un alto desempeño por los últimos 10 años. El equipo con mayor punteo se lleva la mayor parte de este dinero. Por cierto, se usa un coeficiente similar —de “países”— para asignar puestos en la Champions a una liga —las ligas grandes tienen típicamente 4 puestos, pero la liga holandesa apenas tiene uno, aunque antes tenía tres—.

Por otro lado, el market pool es un pago que se basa en el país de origen del club en función de su “mercado televisivo” para la Champions. En otras palabras, si un canal inglés paga 200 millones para los derechos de televisión de la Champions, este monto se reparte entre los participantes ingleses. Si un canal belga paga solo 10 millones, serían 10 millones que se reparten entre participantes belgas. De hecho, como consecuencia, se está considerando —desde hace mucho tiempo— unir la liga holandesa con la liga belga para expandir la audiencia de televisión.

El pago por coeficiente país y el market pool empezaron como pequeños suplementos al resto; no obstante, casi todo el aumento en ingresos de la Champions se ha asignado al coeficiente país y el market pool. Estos dos rubros ya representan el 45 % del total del dinero que se reparte en esta. Como consecuencia, los clubs grandes llevan cada vez más dinero, exagerando las diferencias entre clubs y de poder económico entre cada uno.

Todo esto no es tan fuera de lo razonable. La tendencia ha sido mala, a mi juicio, y crea desigualdades innecesarias que reducen el nivel de competitividad en los torneos europeos, pero esto no acaba aquí.

Cada vez más dinero también para los “grandes” en las ligas nacionales

Esta misma tendencia se ha dado incluso peor en ligas y federaciones con menor gobernabilidad, que eran más fáciles de cooptar por parte de los clubs grandes. El mejor ejemplo es la liga española, donde Real Madrid y FC Barcelona han ejercido tanta influencia sobre el reparto del dinero en la liga nacional que produjo una hegemonía completa. Antes, clubs como Deportivo, Sociedad y Valencia salían como campeones. En tiempos recientes, por este reparto de dinero, han sido solo FC Barcelona y Real Madrid. Esto no se trata de nostalgia: se trata de un intento de reducir el nivel de competitividad de una liga vía ingresos.

Hoy por hoy, los clubs pequeños reciben 40 millones, mientras Barcelona puede recibir fácilmente 160 millones —cuatro veces más—. Y esto lleva tiempo así. En el 2011-12, Barcelona recibió 140 millones; Atleti, 42 millones, y el resto de la liga, solo alrededor de 12 millones: diez veces más que antes. En comparación, en el mismo año, en la liga inglesa, el club menos remunerado era Wolverhampton, con 35 millones, mientras Manchester United era el líder con 58 millones. Además, la mayoría de los clubs llevaban alrededor de 40 millones, es decir, Man Utd recibe 50 % más del promedio y Madrid y Barca recibían 1000 % más que el club promedio.

Es cierto, FC Barcelona tiene más seguidores, popularidad y alcance mundial. Sin embargo, sin una liga competitiva, los partidos se vuelven más aburridos y la liga, menos interesante. Esto genera un círculo vicioso, porque, si la misma desigualdad existiera en la Superliga, tarde o temprano ocurrirá lo mismo dentro de cualquier otro torneo donde el reparto del dinero reduce la competitividad entre clubs. 

Por cierto: la liga inglesa, por su diseño institucional, ha sufrido menos riesgos de ser cooptada. La evidencia está en el hecho de que el reparto es mucho más igualitario: no es por nada que la liga inglesa es la más popular y vista del mundo, incluso si antes no era así.

Los problemas financieros de siempre y los de ahora por la COVID-19

Ahora, por la pandemia, clubs, como Real Madrid, se han visto forzados —de una forma desesperada— a procurar una solución cortoplacista para sus males financieros de siempre. Real Madrid y FC Barcelona son los dos equipos que más gastan en salarios en comparación a cualquier otro club no solo en el futbol, sino en todos los deportes.

Es la insostenibilidad financiera de los clubs españoles lo que ha impulsado esta iniciativa en este mismo momento. Porque otra jugada como la de hace dos décadas está fuera de la cuestión, cuando a través de un arbitraje político logró eliminar la deuda en su momento vendiendo tierra —en vano, los galácticos han acumulado una deuda, bruta, de 901 millones de euros otra vez—.

No solo es imposible vender la misma tierra dos veces, la Comisión Europea ha regañado a Real Madrid por ayudas ilegales del Estado. Es por tanto que esta vez, por falta de opciones del megalómano Florentino Pérez, reinó el oportunismo y anunciaron la muy discutida Superliga como píldora mágica a los problemas financieros del Madrid —y del FC Barcelona—.

¿Se le fue la mano a Florentino?

No obstante, el anuncio de la Superliga generó tal ola de críticas —incluso por las propias hinchadas de los 12 “bendecidos”— que dentro de 48 horas Manchester City, Manchester United, Chelsea, Tottenham, Arsenal —“ofrecemos nuestras disculpas”—, Liverpool y AC Milano se retiraron de la Superliga. Es una cuestión de tiempo para que se retiren Atlético e Inter —al momento de escribir estos equipos aún no se han retirado—. Por otro lado, el recién electo Joan Laporta de FC Barcelona sabiamente dice “dejar la decisión a los socios”, quienes sin duda alguna votarán en contra de la Superliga. Eso deja a Juventus y Real Madrid, dos clubs con problemas financieros que han apostado que la Superliga iba a ser su salvación.

Como dije, no es una casualidad que los clubs grandes “a favor” son, a la vez, los más irresponsables financieramente —aquí más información sobre la situación precaria de Juventus; no, comprar un Higuain con sobrepeso de 30 años por 90 millones de euros no viene sin consecuencias—. La Superliga, para ellos, es una píldora mágica que puede resolver todos los problemas financieros en un solo golpe, hasta que se topen con exactamente los mismos problemas en unos diez años.

Solo por la jugada con la municipalidad de Madrid, Florentino se logró quitar una deuda insoportable por encima antes de comprar sus “galácticos” —que le han sobreendeudado de nuevo—. Además, como ya no hay terrenos para vender, ni ayuda estatal que pedir —la Comisión Europea ha estado encima de los clubs de futbol—, la Superliga es el siguiente disparate por el bien de Florentino a costa de los demás.

No olvidemos que fueron Bartomeu y Florentino los que empujaron a la liga a jugar partidos de la liga fuera de España: un golpe en la cara de cualquier fan español y un intento de prostituir el deporte —con consecuencias negativas a largo plazo—. Un partido de River Plate vs. Boca Juniors sin los seguidores de los clubs, sino con turistas, mata la experiencia futbolística por completo. Lo que hace bonito al futbol, tanto queda claro en tiempos de COVID-19, es la interacción entre público y jugadores.

Conclusión

Si realmente fuera un tema de “competencia”, hubiera existido un impulso desde abajo para arriba. Podríamos imaginar varias federaciones nacionales formando una asociación supranacional que compita con la UEFA. Sin embargo, la “innovación” no vino desde abajo para arriba. Esta vino de la mano de Florentino y unos amigos, quienes se encuentran en problemas financieros por la COVID-19 y con unos salarios impagables —para el bien cortoplacista de un grupo selectivo, pero para el mal del deporte a largo plazo—.

Debemos recordar que la UEFA es un cuerpo representativo de las federaciones nacionales y, por lo tanto, el statu quo es el resultado de las decisiones de las federaciones nacionales a través del Congreso de la UEFA. Los gobernantes de la UEFA son electos por las federaciones y rotan seguido. Cualquier torneo supranacional fuera de la UEFA sería, por consiguiente, rechazado por las federaciones; y cualquier innovación y cambio debe venir siendo impulsado por estas.

Si Florentino no está contento con la federación española, está libre de unirse a cualquiera o formar otra, y, a su vez, optar por otra federación supranacional que no sea la UEFA. No obstante, Florentino intentó causar una ruptura directa en 4 o 5 federaciones nacionales a costa del deporte con la Superliga.

Por lo tanto, la verdadera mafia es el grupo de lobistas que, a través del uso de presión y amenazas, quieren expropiar una cada vez mayor renta a costa de los demás equipos, que dañan el deporte a la larga —como Florentino & Cía. lograron matar a la Primera División—, y que hacen el deporte más aburrido y predecible.

La narrativa de que sea el propio Florentino que “por el bien del deporte” va a “romper el monopolio” de la UEFA, como si fuera una organización autónoma o un Gobierno, es francamente equivocada.


26 de abril del 2021

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El Centro para el Análisis de las Decisiones Públicas —CADEP— es el núcleo de investigación del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Francisco Marroquín. Fue fundado en el año 2002 con el objetivo de promover la teoría de la elección pública —en inglés, public choice—, una herramienta de análisis que utiliza la economía para estudiar la política.

AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor, las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la Universidad Francisco Marroquín.


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