La fragmentación y la polarización condenan a España a la parálisis


Las elecciones del 10 de noviembre han confirmado que la fragmentación y la extrema polarización siguen condenando a España a la parálisis política e institucional en medio de una coyuntura difícil —por la actual ralentización y la posible crisis económica— marcada por el reto independentista catalán que pone en cuestión las bases del sistema democrático e incluso de España como nación. 

La situación político-electoral española continúa instalada, y tras el 10 de noviembre consolidada, en un bucle melancólico: el del empate catastrófico por la imposibilidad de formar gobiernos sólidos que garanticen la gobernabilidad a largo plazo. Si tras las elecciones del 28 de abril de este año fue imposible formar gobierno ni con el PSOE pactando a su derecha —Ciudadanos— o a su izquierda —con Podemos y nacionalistas e independentistas—, ahora el bloqueo se ha acentuado. En esta ocasión, el presidente en funciones, Pedro Sánchez, no alcanza la mayoría con Ciudadanos —como sí ocurría en el anterior Parlamento—, y la pérdida de escaños de socialistas y de las fuerzas a su izquierda —Podemos— le coloca más lejos de contar con los respaldos necesarios para formar gobierno sin estar hipotecado por los respaldos independentistas.

La pérdida de escaños de socialistas y de las fuerzas a su izquierda —Podemos— le coloca más lejos de contar con los respaldos necesarios para formar gobierno sin estar hipotecado por los respaldos independentistas.

La mayoría de líderes y partidos salen de las urnas con un amargo, o no suficientemente dulce, sabor de boca, salvo las fuerzas enemigas —los independentistas— o poco afectas —Vox— al modelo político-constitucional nacido en 1978. Las elecciones de este 10 de noviembre dejan también un panorama endiablado: mayor fragmentación y una polarización extrema y centrífuga. En el nuevo Parlamento incrementan su peso partidos muy escorados a la derecha —Vox—, entran fuerzas anticapitalistas —la Cup—, aumenta la presencia de los independentistas y se desploman las opciones centristas —Ciudadanos—.

Pedro Sánchez —PSOE— ha ganado las elecciones al ser el partido más votado y con más escaños, 120. Sin embargo, su estrategia de salir reforzado y con más votos y diputados ha fracasado. Se ha dejado en el camino casi 800 mil votos, ha perdido la mayoría en el Senado y hoy tiene mucho más difícil encontrar apoyos y gobernar que hace seis meses. Soñaba con superar los 130 escaños y se ha quedado con 120, tres menos que en abril y muy lejos de la mayoría absoluta —176—. 

TITULAR: El PSOE se ha dejado en el camino casi 800 mil votos, ha perdido la mayoría en el Senado y hoy tiene mucho más difícil encontrar apoyos y gobernar que hace seis meses

El PSOE se ha dejado en el camino casi 800 mil votos, ha perdido la mayoría en el Senado y hoy tiene mucho más difícil encontrar apoyos y gobernar que hace seis meses.

El PP de Pablo Casado ha mejorado al recuperar 22 diputados y eludir la tendencia decadente que llevó a su partido de 137 escaños en 2016 a 66 en 2019. Sin embargo, no superó los emblemáticos 90 escaños, ha visto como a su derecha se consolida una opción alternativa —Vox— y no ha podido conquistar los votos que han abandonado a Ciudadanos. Los populares avanzan, pero no han podido conformar un bloque a su alrededor capaz de encabezar una alternativa viable al socialismo de Sánchez. 

Son tiempos de polarización extrema en España y en el mundo, lo que deja con pocas opciones a los partidos que apuestan por el voto de centro. Y eso es lo que ha arrastrado a Ciudadanos, que de ser un partido decisivo para la gobernabilidad en abril ha pasado a convertirse en periférico e irrelevante: ha perdido dos millones y medio de votos y 47 diputados hasta quedarse en tan solo 10. Un desplome, una verdadera debacle no vista desde tiempos de UCD y que hace más difícil la gobernabilidad al desaparecer un partido bisagra capaz de pactar a un lado y otro y aportar los suficientes apoyos en forma de diputados. Los bandazos y cambios de estrategia de Albert Rivera —primero aparecía como garante de la gobernabilidad entre 2015 y 2018 encabezando una opción de centro para luego en 2019 buscar convertirse en el líder de la derecha española— le han conducido al final de su carrera política.

Un desplome, una verdadera debacle no vista desde tiempos de UCD y que hace más difícil la gobernabilidad al desaparecer un partido bisagra capaz de pactar a un lado y otro y aportar los suficientes apoyos en forma de diputados.

Estas elecciones fueron, incluso, una guerra civil para la izquierda. Se enfrentaron Podemos y Más País, y si bien la lucha se saldó con la victoria de Pablo Iglesias sobre su exaliado, Iñigo Errejón, acabó con los podemistas debilitados, con 7 diputados menos y una escuálida representación —3 diputados— para Errejón. 

La decadencia de las opciones centristas ha venido acompañada del auge de los extremos. En abril, Vox irrumpió con fuerza —pasó de cero a 24 diputados— y ahora se ha convertido en la tercera fuerza política con 52 diputados. El incremento responde a la situación en Cataluña. También a la desafección general a los partidos, el mal funcionamiento de las instituciones o la renqueante marcha de la economía desde la crisis de 2008. Pero sin la situación catalana el auge de Vox habría sido imposible. Muchos votantes se han sentido maltratados y denigrados por el independentismo catalán. Además, la incapacidad de las autoridades para impedir los estallidos sociales en las calles de Barcelona ha desembocado en ese aumento del voto a Vox, ejercido desde esa rabia. Junto a Vox, las otras fuerzas que sonríen son los independentistas —ERC ha sido la fuerza más votada en Cataluña y la Cup ha entrado por primera vez en el Parlamento— y los nacionalistas —PNV—. 

El incremento responde a la situación en Cataluña. También a la desafección general a los partidos, el mal funcionamiento de las instituciones o la renqueante marcha de la economía desde la crisis de 2008.

España, condenada a la parálisis

En las elecciones del 10 de noviembre se buscaba desbloquear la situación política española sumida en la parálisis o en gobiernos endebles desde 2015. Sin embargo, el gran fracaso de esta cita ante las urnas es que estos comicios no han servido para desbloquear nada. España sigue sumida en un callejón sin salida o con salidas muy estrechas y solo en el corto e inmediato plazo. 

España sigue sumida en un callejón sin salida o con salidas muy estrechas y solo en el corto e inmediato plazo.

Las posibilidades de una nueva cita electoral —la tercera en menos de un año y la quinta en un cuatrienio— parece improbable porque eso tendría un elevado costo político para todas las fuerzas y solo beneficiaría Vox, la que se presenta como claramente contraria al sistema de partidos tradicional.

La otra opción, un «gobierno frankenstein» conformado, o al menos apoyado, por la izquierda —Podemos y Más País—, los nacionalistas —PNV— e independentistas —ERC— y liderado por el PSOE parece poco viable. Esto exigiría que el gobierno atendiera las peticiones —difícilmente asumibles— de los independentistas catalanes, un hecho que sería mal visto por una parte del electorado socialista y, sobre todo, por los líderes de esta formación en las comunidades autónomas.

La opción de un gobierno de coalición PSOE-PP —de salvación nacional, que reuniría más de 200 diputados— es defendida por algunos medios como el diario El Español, pero tiene nulas posibilidades de materializarse. Va contra la tradición histórica de la democracia española, en la que nunca ha habido un gobierno de coalición entre semejantes y mucho menos entre fuerzas disímiles y alejadas ideológicamente. Además, tendría un alto costo político para ambas fuerzas y sobre todo para los populares que dejarían el terreno libre a Vox para transformarse en el único referente opositor.   

Va contra la tradición histórica de la democracia española, en la que nunca ha habido un gobierno de coalición entre semejantes y mucho menos entre fuerzas disímiles y alejadas ideológicamente.

Todo conduce, pues, a un gobierno de muy corto vuelo de Sánchez surgido de la abstención del PP y que debería contar con otros apoyos. Una fórmula, verdadero mal menor, que augura que los tiempos de incertidumbre y volatilidad no han acabado.

La cita ante las urnas del 10 de noviembre ha colocado a España, de nuevo, en un callejón sin salida: un país atrapado en la fragmentación y la polarización donde encontrar salidas de largo plazo que aseguren la gobernabilidad es un rompecabezas que exige una serie de virtudes que escasean en el actual panorama político español: liderazgo, capacidad de sacrificio y altura de miras. 


Por Rogelio Núñez
11 de noviembre del 2019


AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor, las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la Universidad Francisco Marroquín.


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