El Partido Demócrata se acerca a Santa Claus y se aleja del votante medio


Hay buenas razones para prestar atención a los debates entre los cerca de veinte demócratas que quieren ser el próximo presidente de los Estados Unidos; estos ofrecen una visión única del giro a la izquierda de este partido político. En circunstancias normales, cabría esperar que sus posturas radicales se desvanecieran a medida que nos acerquemos a las elecciones generales, cuando ambos partidos pivotarán para competir por el centro. Esta moderación podría ser consecuencia del intento de lograr captar el voto del votante medio, como lo explica public choice. Sin embargo, esto aún está por ver; Trump ha cambiado tanto la política estadounidense que las teorías pueden ser difíciles de aplicar durante un tiempo.

En circunstancias normales, cabría esperar que sus posturas radicales se desvanecieran a medida que nos acerquemos a las elecciones generales, cuando ambos partidos pivotarán para competir por el centro. Esta moderación podría ser consecuencia del intento de lograr captar el voto del votante medio.

Dado que aún falta más de un año para las elecciones generales, estamos en un punto de inflexión natural en el ciclo político. En este momento, debemos esperar que ambas partes atiendan a sus respectivas bases; la política de ambas partes es, por lo tanto, más extrema. Si los candidatos demócratas suenan radicales, también lo hace Trump, que ha decidido entrar en un debate estridente con algunos de los racialistas más enérgicos del Partido Demócrata. Además de la atmósfera polarizada, el debate ofrece interesante información acerca de las fuerzas políticas que actúan en los Estados Unidos, como el activismo de la academia, las profundas divisiones entre las zonas rurales y urbanas del país, la propagación de la cultura del agravio y la política identitaria.

Trump ganó en 2016 porque rechazó la política deshonesta difundida por las élites urbanas a cargo de ambos partidos y por los medios de comunicación en áreas metropolitanas como Chicago, Nueva York, Los Ángeles y San Francisco. También ganó porque se enfrentó a la falta de voluntad de ambas partes para abordar el problema de la inmigración ilegal y porque prometió anular acuerdos comerciales desiguales con Europa, México y China que han contribuido al destripamiento de la industria y la mano de obra estadounidenses. En un sentido real, Trump es la culminación del movimiento aprovechado por Ross Perot en la década de 1990. Más importante aún, e independientemente de la opinión que nos merezca su agenda, seguramente se encuentra entre los presidentes que más promesas de campaña ha cumplido. Queda por ver, por supuesto, si puede controlar el aumento del presupuesto federal, algo fundamental para su electorado. En este último tema, Trump representa una especie de traición al movimiento Tea Party.

Trump ganó en 2016 porque rechazó la política deshonesta difundida por las élites urbanas a cargo de ambos partidos y por los medios de comunicación en áreas metropolitanas como Chicago, Nueva York, Los Ángeles y San Francisco.

Mientras tanto, el Partido Demócrata ha abierto sus compuertas. Su liderazgo continúa tambaleándose en una extraña combinación de ira y venganza impulsada por los profesores universitarios. Se ha convertido en el partido de las fronteras abiertas, la atención médica gratuita, la universidad gratuita, las reparaciones por la esclavitud y el aumento de los impuestos a los ricos y a las industrias de todo tipo. Ha abandonado a la clase media trabajadora blanca, su electorado tradicional, y se ha sumido por completo en la política del color, el género y el antiamericanismo. La mira demócrata está ahora puesta en conseguir los votos de Texas a través del voto hispano, que esperan aumentar en ese estado como resultado de su política de fronteras abiertas. 

El discurso demócrata en los debates recientes destaca por querer complacer al electorado. Como cualquier actor racional lo haría, los candidatos buscan lograr su objetivo de ser elegidos. En este caso, tratan de conseguirlo compitiendo por ser el que ofrece más caramelos. Un candidato ha prometido incluso $1,000 mensuales para todos, aunque a menudo es difícil saber si estos esfuerzos representan deseos sinceros de ser elegido o planes extravagantes para vender libros. El otro gran tema es el racismo, avivado en este caso por los conductores del debate con preguntas tan ingeniosas como «¿Por qué eres el mejor candidato para sanar la brecha racial que existe en este país hoy y que ha sido avivada por la retórica racista del presidente?” En otro nivel, vemos que cada candidato presume de representar a uno de los principales grupos de agraviados que conforman la coalición del Partido Demócrata. Este candidato habla por las mujeres, uno hace lobby para los negros, otro es la voz de los activistas ambientales, este otro promueve a los hispanos. Cada uno se convierte en el portavoz de un grupo, articulando sus propias narrativas apocalípticas. 

El discurso demócrata en los debates recientes destaca por querer complacer al electorado. Como cualquier actor racional lo haría, los candidatos buscan lograr su objetivo de ser elegidos. En este caso, tratan de conseguirlo compitiendo por ser el que ofrece más caramelos.

Oigo mucho que el Partido Demócrata ya no es moderado. Probablemente ha sido así desde que Bill Clinton fue reelegido en 1996. En su campaña contra Barack Obama por la nominación demócrata en 2008, Hillary Clinton protagonizó un anuncio publicitario en el que interpretó a Santa Claus para el público estadounidense. La larga lista de regalos que los actuales candidatos demócratas ofrecen hace que la visión de Hillary del gobierno como proveedor parezca pintoresca. Los principales candidatos se han posicionado a la izquierda de Obama. Por ahora, al menos, parece sea quien sea el demócrata nominado para 2020 tendrá un largo camino que recorrer para regresar al centro y atraer al votante estadounidense promedio.


Por Eric Clifford Graf
6 de agosto del 2019


AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor, las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la Universidad Francisco Marroquín.


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