Los burócratas y los protocolos



Pablo Guido

Doctor en Economía. Asesor legislativo. Director observatorio económico (ACIPAN). Profesor visitante de la UFM.

Como consecuencia de la pandemia que llegó hace 8 meses, y desde que el gobierno chino hizo público el problema, los gobiernos se han ocupado de lanzar como una ametralladora día tras día en los últimos seis meses los conocidos “protocolos”. Según el diccionario de la Real Academia Española, un protocolo es una “secuencia detallada de un proceso de actuación científica, técnica, médica, etc.”.

En estas épocas pandémicas, los protocolos serían un conjunto de reglas o normas para evitar o reducir la probabilidad de contagio del virus COVID-19. Tenemos protocolos para todos los gustos: viajes en avión, asistencia a restaurantes o bares, reuniones de trabajo, alojamiento en hoteles, gimnasios, transporte de buses o trenes, deportes y reuniones sociales, entre otros.

Independientemente de la utilidad de establecer medidas sanitarias básicas (uso de mascarillas, lavado de manos, etc.) hasta que aparezca la vacuna, hay que decir algo: los burócratas estatales aman los protocolos sanitarios en la lucha contra la pandemia. Sienten una especie de “excitación” por el establecimiento de reglas para cualquier actividad humana en aras de “combatir el virus”. Les encanta controlar la vida de las personas y restringir sus libertades; disfrutan estableciendo regulaciones para cualquier actividad económica, deportiva, social, turística o de transporte. Y la pandemia es una nueva oportunidad de hacerlo con el argumento de que el Estado está cuidando nuestra salud. 

Los burócratas estatales aman los protocolos sanitarios en la lucha contra la pandemia. Sienten una especie de “excitación” por el establecimiento de reglas para cualquier actividad humana en aras de “combatir el virus”.

Me imagino a los burócratas de turno del Ministerio de Turismo sentados alrededor de una mesa de trabajo, en una especie de brainstorming balbuceando ideas con el objetivo de plasmarlas en reglamentos para aquellos que quieren viajar a una playa del Caribe. Establecen cuántos metros exactos de distancia tiene que haber entre las personas, cuántas veces por minuto tienen que pasarse alcohol en gel los turistas, cuál es la cantidad precisa de personas por metro cuadrado que tiene que haber en la piscina o cuántos minutos pueden estar como máximo las personas en un restaurante o en un bar. Es tal el entusiasmo que les provoca diseñar los protocolos, que han llegado a situaciones de ridiculez extrema.

Veamos un caso real. Es conocido que en Argentina una de las reuniones más habituales entre familiares o amigos es aquella en la que estos se juntan para comer un asado, típica comida del país. Esas reuniones pueden ser desde de un puñado de personas hasta de varias decenas y se realizan en la casa de aquel que va a llevar adelante la tarea de asar la carne. Un legislador de una ciudad de la Patagonia presentó hace casi tres meses un proyecto de ley para establecer un protocolo para que las personas pudieran reunirse a comer un asado. Se denominó al proyecto “Asado seguro”. Estas son algunas de las normas que el legislador propuso:

Un legislador de una ciudad de la Patagonia presentó hace casi tres meses un proyecto de ley para establecer un protocolo para que las personas pudieran reunirse a comer un asado.

1)     Solo podrían reunirse los viernes y sábados entre las 7 p. m. y las 11 p. m. y los sábados y domingos entre las 11 a. m. y las 4 p. m.

2)      La cantidad máxima de personas sería de 10 comensales.

3)    El anfitrión (dueño de la casa) sería el responsable de hacer una lista con los datos personales de los invitados: “Habrá un anfitrión/a responsable del protocolo, quien deberá presentar un listado de comensales con nombre, apellido, domicilio y teléfono de contacto; día, horario y domicilio de la reunión”.

4)    Los comensales deberán ser mayores de 18 años. Se designará un cocinero y un ayudante de cocina, que puede o no ser el anfitrión, quienes serían los únicos que tendrían contacto con la comida y la bebida antes de iniciarse esta.

5)  “Tanto el anfitrión como sus invitados deberán lavarse las manos con jabón antes de manipular los alimentos, todos los participantes de la reunión deberán usar la mascarilla, mientras no se encuentren comiendo, y establecer una distancia de un metro y medio entre ellos”.

6)    “La vajilla (platos y cubiertos) deberá ser convenientemente lavada y desinfectada previo al evento con soluciones sanitizantes, pudiendo esta ser provista por el anfitrión o, en su defecto, cada invitado podrá disponer de la propia”.

7)    “Está completamente contraindicado compartir utensilios, vasos o botellas, en tanto el baño del lugar deberá asegurar la posibilidad de lavarse las manos con jabón. Se recomienda no fumar para evitar tocarse la cara y evitar compartir el mate”.

El proyecto es insólito, pero real. Por supuesto, en todo el país se conoció la propuesta del legislador y fue considerada un disparate. De todas maneras, si bien este ha sido uno de los protocolos más ridículos presentados en el país, existen cientos de otros protocolos que se encuentran casi en el mismo nivel de extravagancia y que son igual de grotescos. En los últimos días, por ejemplo, se estableció el protocolo para la práctica amateur de tenis, que tiene más reglas que las que seguramente les impone la NASA a sus astronautas.

Los funcionarios estatales por definición, en su gran mayoría, aman los controles y regulaciones que pueden imponer sobre las personas. Descreen de la capacidad individual para cuidarse de manera libre y voluntaria. Por eso están convencidos de que, sin la existencia del Estado, la salud de la humanidad estaría en grave peligro. Y la pandemia les ha ofrecido una nueva oportunidad para poder desplegar esta función. 


29 de septiembre del 2020

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AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor, las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la Universidad Francisco Marroquín.


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